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Francisco y Nalan se conocieron a bordo de un globo mientras visitaban el prodigio de Capadocia. Ya en tierra, saborearon la comida cocida en cuencos de barro e intercambiaron experiencias de vida y de viaje. Ella, de nacionalidad turca, profesora de lenguas, visitante asidua de Colombia como beneficiaria de los intercambios entre universidades de ambos países; él, odontólogo bogotano, padre de una colombiana casada con ingeniero turco, viajero frecuente hacia Anatolia y buen conocedor de Estambul. Bebieron un par de rakis para acompañar la travesía aérea que deja ver la infinita belleza de la región y exalta la saga de las primeras generaciones de cristianos en Asia Menor, y arrancaron un animado diálogo sobre Colombia y Turquía, naciones plenas de contrastes y manifestaciones de fuerza creativa, dos escenarios que precisan ser visitados para acercarse a la medida de su grandeza.

–Nalan –sugiere Francisco– tú podrías regalarme un resumen sobre tus mejores experiencias en Bogotá y un recorrido por tus recuerdos, que acaso me pueda servir para darles unas cuantas recomendaciones a mis amigos y familiares que van a visitar Colombia este verano. Cómo son esos, tus días memorables de la Colombia que deja prendados a los viajeros, muchos de los cuales deciden quedarse y encuentran allí amor y refugio, como si la alegría fuera para nosotros don y a la vez derecho inalienable.

 –Claro que sí, Francisco, te voy a decir cómo han de ser, cómo han sido esos días que te dejan recuerdo imborrable de tu estadía en la capital colombiana y en la sabana de Bogotá. Esta última la percibirás desde tu avión como un tapete verde, salpicado por los cultivos de miles de flores que Colombia exporta, de las cuales recibirás algunas a diario, entre cantos y bailes.

“Saldrás a darte un ‘septimazo’, una caminata por la principal vía de la ciudad y encontrarás artistas, pintores, declamadores, cuenteros y lugares para comer dulces típicos. Si tienes suerte y vas en primavera, podrás ver uno de los desfiles del Festival Iberoamericano de Teatro, uno de los mejores del mundo, en el que saltimbanquis, monstruos, acróbatas y trovadores se acercarán a darte la bienvenida.

Visitarás el precioso centro histórico y te adentrarás en el barrio de La Candelaria, la mejor expresión de la arquitectura colonial, el casco viejo.Podrás apreciar museos de todo género, los derechos del hombre esculpidos, la primera biblioteca del país y la colección pictórica de las rechonchas figuras del maestro Fernando Botero, el más reputado de los artistas plásticos de tu país. Observarás la arquitectura de las prestigiosas universidades y descenderás poco más de un kilómetro con las aguas de la fuente del río San Francisco por la avenida del fundador, Jiménez de Quesada, para llegar al Museo del Oro, máxima expresión de la orfebrería precolombina y primero del planeta en su género. Abrumado por la riqueza aurífera de Colombia, difícilmente evitarás caer en la tentación de hacerte a una de las esmeraldas, que vienen de los yacimientos de Boyacá, al norte de la metrópoli.

“A la hora de comer, cenarás comida criolla en un restaurante típico colonial o ascenderás en teleférico el cerro de Monserrate para disfrutar un plato marino a dos mil setecientos metros de altura.

Todas las personas que conozcas te honrarán con su hospitalidad y muchos te recomendarán lugares para comer y bailar. A la mañana siguiente, recorrerás las zonas modernas de esta ciudad dueña de la mejor arquitectura contemporánea de ladrillo y de un resplandor visual incomparable. Observa las ciclovías y si es domingo, disfruta caminar por las avenidas que las autoridades reservan para paseos peatonales y en bicicleta; estarás acompañado de miles de ciudadanos y podrás participar en talleres de danza y disfrutar del arte callejero.

“Ahora debes ir a la periferia, para ello partirás hacia Zipaquirá y llegarás a la inigualable Catedral de Sal; visitarás las villas de Cogua y Nemocón, formidables testimonios de calidad de vida rural; comprarás tejidos y artesanías e irás a tomar un almuerzo con comida preparada en horno de sal, en lo alto del embalse de Tominé o en la presa del río Neusa; llegarás a paso de leyenda hasta la laguna de Guatavita, donde el cacique cubría su cuerpo con oro antes de bañarse, y quedarás conmovido con su leyenda de amor y dolor.

“El día no ha concluido, según dicen los bogotanos, apenas comienza, es noche de rumba y para ello irás a Andrés Carne de Res, el bar restaurante sui géneris por excelencia; serás coronado como ‘el rey de la rumba’, bailarás salsa, cumbia y vallenato sin parar; jugarás, bromearás y sentirás la fraternidad de un pueblo que sabe gozar como el que más.

“Entonces –remató Nalan– tu cuerpo clamará por una tregua y dormirás unas buenas horas, para iniciar tu tercer día con un tour de compras: ropa, al menos una novela de García Márquez, un libro de relatos de jóvenes autores y un cuadernillo de poesía, artículos de cuero, artesanías, música y suvenires. Darás una vuelta por el jardín botánico, visitarás un asadero de carnes finas y terminarás despidiéndote de tu nueva familia de amigos, escuchando música en vivo de bandas alternativas como Monsieur Periné o repasando lecciones de salsa al ritmo del Grupo Bahía o de la orquesta La 33.

En ese punto sabrás por qué Colombia es realismo mágico, un caleidoscopio de razas y culturas, y ahora, un ejemplo de construcción de paz… Es tu turno, Francisco, háblame de esos tres días en los que te enamoras de Estambul, le declaras tu entrega a ese lugar de todos los tiempos, de todos los imperios, de todos los artistas, de todas las culturas y credos”.

–Me ocurrió en estos días –respondió Francisco–, ya con soles de primavera y la alegría en los rostros de las gentes de Estambul. Nos instalamos con mi esposa al lado del Bósforo y fuimos temprano a Sultanahmet para llevar a cabo el recorrido por las siete colinas que albergan las maravillas de la ciudad y comprender su geografía. Visitamos el Palacio Topkapi, Ayasofya y la mezquita azul. También la mezquita nueva y la de Suleyman.

Parece salido de la utilería de una simpática película de Hollywood, pero este tranvía clásico es parte de la realidad que viven cotidianamente los habitantes de la ciudad turca.

“Agotados y plenos de emoción, nos reunimos con una pareja amiga en el mejor punto de encuentro del mundo. Muy cerca de esos dos tesoros de la humanidad que son Santa Sofía y La Cisterna, están los restos del Milion, el miliario desde donde se estimaban las distancias entre ciudades durante el Imperio Bizantino. El hito es el lugar perfecto para acordar una ruta de visita en esta ciudad inagotable. Ellos nos propusieron ir al ‘brunch’, ‘las medias nueves’ decimos en Colombia, y aceptamos gustosos concurrir, como centenares de familias turcas y extranjeras, al exquisito Kale Cafe en Rumeli Hisarl que sirve desayunos a cualquier hora del día.

Partimos luego hacia la exposición de Banksy en Global Karaköy y disfrutamos de sus geniales e irónicos grafitis. Ya metidos en el ambiente único de esta ciudad soñada, tomamos el primer café en el Fransiz Geçidi de Karaköy y comenzamos a caminar sin tregua hasta llegar al Bazar, el más bello zoco de este planeta, allí donde se pierde la noción del tiempo y la del ahorro y del exceso de equipaje.

“Degustamos entremeses en el Tarihi Sultanahmet Koftecisi Selim Usta y ascendimos en coche por la avenida Barba Roja hasta el corazón de Besiktas, luego de pasar por el nuevo estadio del popular equipo de fútbol.

Tomamos un raki, el licor nacional turco deliciosamente parecido al aguardiente colombiano, y llegamos a la zona de las pescaderías, donde vivimos el ritual del surtido de entradas conocido como Meze y probamos diferentes pescados a la brasa, a cuál más delicioso, fresco y pleno de sabor.

“El segundo día comenzó con una plácida visita al campus de la Universidad del Bósforo. Los estudiantes y profesores, reconocidos en las comunidades académicas, desarrollan su actividad en edificaciones de preciosa arquitectura con vista al estrecho, acompañados por centenas de gatos que la universidad adoptó como parte de su atmósfera.

“Contagiados por ese entorno cultural descendimos hacia el museo Istanbul Modern, un excelente trabajo de recuperación y renovación urbana en las viejas bodegas del puerto, para apreciar la colección de talentos contemporáneos con innovadoras instalaciones y testimonios de un arte comprometido con la sustentabilidad.

“Al culminar la visita, nos desplazamos al barrio de Ortaköy para disfrutar de uno de los centros del llamado food Street, reconocido internacionalmente por su colorido y particularidad. Probamos entonces las gigantescas papas rellenas, Kumpir, escuchamos música folclórica y visitamos las tiendas de Kilims. Caminamos hasta la mezquita de Kiliç Ali Pasa, el gran soldado otomano recordado con dolor por don Miguel de Cervantes tras la batalla de Lepanto.

“Nuestro embeleso llegó a uno de sus puntos más altos, cuando pudimos deleitarnos en el Hammam, el baño diseñado por el arquitecto Niman Sinan allá en el 1580, hermosamente rehabilitado. Bajo sus cúpulas logramos la relajación que nos permitió regular la energía durante el tercer día de esta maravillosa visita.

En Estambul siempre crees haber rozado los cielos y te encuentras con lugares, gentes, espacios o pedazos de historia que desplazan lo que creías insuperable.

“A lo largo de nuestro tercer día eso ocurrió. Nos instalamos en el clásico Pera Palace Hotel, uno de los patrimonios vivos más interesantes en la hotelería global. Se nos brindó una atención descollante, nos acompañaron a conocer el renombrado albergue y a visitar los sitios y lugares de alojamiento de importantes figuras de la historia universal de los últimos dos siglos. Y claro, nos permitieron conocer la habitación de Agatha Christie, enigma y misterio como su obra inabarcable.

“Disfruté junto a mi esposa de una estadía romántica y plena. Visitamos el Museo Pera y apreciamos una formidable exposición de la pintura metafísica de Giorgio de Chirico, así como de los cuadros más famosos de Osman Hamdi Bey, el gran artista otomano, entre ellos el emblemático trabajo sobre el Domador de Tortugas, presente en todas las expresiones artísticas de la Turquía moderna.

“Y debíamos culminar por todo lo alto, nos fuimos entonces a ver el barrio donde naciera el equipo que dio brillo al golero colombiano Farid Mondragón como campeón de Europa, ese que los turcos conocen bajo el mote de ‘Mondi’, dueño de la gloria de ser el jugador de mayor edad que haya disputado un Mundial de Fútbol, el Galatasaray.

Visitamos la torre de Gálata, ascendimos a su balcón maravilloso y contemplamos el anochecer del Bósforo entre láminas de baklava y sorbos de çay, el exquisito té turco.

“De vuelta al hotel, nos encontramos en su bar con una gran banda de jazz integrada por músicos veteranos. Terminamos de madrugada abrazados con amigos turcos que batían pañuelos blancos y cantaban himnos de elogio a la figura de Atatürk y a la nación que fundó como una república democrática, multicultural, dueña de un glorioso pasado y de un promisorio futuro. Yo creo que eso es tu país” –culminó Francisco y abrazó a Nalan.

JUAN ALFREDO PINTO
Embajador en Turquía

Artículo publicado en EL TIEMPO, mayo 6 de 2016.